La luz rompiendo vidrios, impactaba un círculo amarillo en el suelo, descubriendo los planetas y las casas de las hormigas. La ventana, contacto del mundo, pared invisible del viento, era la espectadora del juego. Asomarse a ella sacaría de una duda al curioso, resolvería el misterio y revelaría los secretos que atrapan las paredes.
Llevaba una hoja de papel doblada a la mitad, sin sobre. Cuando atravesó una cerca blanca, se disponía a deslizar la hoja por la ventana de la casa de María. El jardín rebozaba de grillos ebrios, que gritaban sin cesar, el suelo sereno, no discutía por los pasos del hombre, y la luz era suficiente para continuar su ideal. ¿Por qué nos cuesta caminar si tenemos pies? Otros requieren sólo un deseo para recorrer la tierra.
Algunas hojas caían lentamente en el césped y su pie derecho las alejaba. Ariel miró entre las ramas elevadas que le cubrían, algunas estrellas, dos grandes nubes grises aniquilando cielo, voces y sueños.
Yo no sé si sos semilla que se lleva el aire, o roca que desgasta el viento, sólo sé que te sigo.
La sequedad en sus manos, los grillos fundidos en rugidos, la oscuridad imponiendo la dureza que le han creado los hombres no detienen el poder más grande: un deseo.
Vivo escondido entre los matorrales, los rosales y las amapolas. Como encerrado en tus piernas, casi buscando tus caderas. Dibujado en las paredes, dormido en tu cabellera. Saltando muros, inventando más escaleras para sueños. Fui una multitud, que se redujo en breve, a un verso inesperado, nacido del viento, y expulsado del silencio.
Ariel por la ventana entreabierta, dejó ir su hoja, la observó caer, y se marchó. Se marchó en la melodía de los dioses, que viven en la tierra.
20 marzo, 8:31pm
